Paul Nevin - Parte 1

Por Paul H. Nevin

-No se suele mencionar que en mi casa hay un recinto que parece abandonado, escondido y silencioso en el fresco olor óxido que ata y distingue las sombras hueras de las que en grave inmovilidad no permiten que la oscuridad confunda sus siluetas cuando ésta se estrecha en torno, siempre ahondando en la negrura. Mientras unas giran alrededor de las que a plomo en su severa definición pesan, oníricos conciliábulos flotan a media luz, lentos como el idioma de sus ancestros montañas. De niño no creí escuchar el discreto lenguaje que no obstante invitó mis juegos a los reinos que encontré en sus quietas sombras; el único fierro chillón era un trozo incandescente tirado a un lado.

Luego el mundo se me hizo menos voluble y penetrable, quedé ciego a los guardianes de rincones en mi casa, y sólo iba al taller de mi padre para frenarme. Santuario de mutante. No fue hasta que dejé de vivir en su casa que estuve a suficiente distancia para considerar a los extáticos. Cuando vi el mundo rescatado en ellos descubrí al extranjero, al hijo, al hermano y demás facetas de mi padre todavía desconocidas; me movió darme cuenta que las esculturas sabían más de mi padre que yo, nuestra relación parecía truncada, pero al verme obligado a lidiar con la creciente incoherencia más allá de mi familia, las presencias en la ausencia de mi padre se mostraron tan constantes en su virtud de refugio, siempre firmes, frescas e implicadas, que sin duda entre ellas fue que el mamposteo de mi razón se desplantó por vez primera del caos adolescente.

 

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© 2019 - Paul Nevin